Yo también meto la pata

meti la pata

Vamos de errores, uno cometido por mí y otro por un conferenciante que en vez de atraer público daba la impresión de querer quitárselo de encima. Y todo por un mal uso de las redes sociales, que lo mismo nos ayudan que nos pueden hundir en la miseria.

El otro día estuve en un acto donde hablaban diferentes ponentes sobre temas de comercio electrónico. La cosa iba bien, las ponencias se iban sucediendo sin demasiado retraso (algo de agradecer) y el presentador daba paso a uno y otro de los ponentes, metiendo algún que otro chascarrillo de vez en cuando para hacer más agradable la jornada.

Hablaron cinco o seis ponentes y luego había una mesa redonda. Bueno más que mesa, unos taburetes redondos. La ubicación del escenario, el número de los participantes y público asistente aconsejaba que no hubiese mesa sino solo un taburete para sentarse y que los ponentes pudiesen ser vistos por todo el mundo.

La mesa se desarrolló con total normalidad, alternando preguntas a unos y otros. Alguno se enrollaba más de la cuenta, pero son cosas que un moderador tiene que tener previsto para ir ajustando los tiempos.

Finalizó la mesa redonda y el moderador presentó al siguiente invitado. Mientras este nuevo ponente empezaba a hablar los participantes en la mesa redonda ya estaban fuera de la sala y el moderador salió para hablar un momento con ellos. Nada más salir les dijo que lo sentía mucho pero que había tenido que acortar la mesa redonda para hacerla más entretenida, porque nuestra primera obligación cuando hablamos en público es entretener.

Lo dijo en voz alta y clara. Afortunadamente no dijo ningún taco ni nada inconveniente. En ese momento, cuando apenas había pronunciado unas frases se abrió la puerta de la sala y alguien le dijo que tenía el micrófono inalámbrico conectado. Todo el mundo le había escuchado.

Desde luego, parece mentira. Ya hay que ser lelo para dejarse el micro abierto. Bueno le puede pasar a cualquiera, pero hay que tener cuidado con esas cosas. Aunque de todo se aprende, sobre todo de los errores. Mira que he dicho cientos de veces en los talleres de formación que imparto que hay que tener mucho cuidado con los micrófonos: pues nada, que el tío se lo dejó abierto.

De pena, verdad. Bueno ese moderador era yo. La situación no tiene mayor importancia porque no dije nada inconveniente, pero si hubiese soltado algún improperio lo habría escuchado toda la sala. Imagina que hubiese dicho “vaya coñazo de mesa redonda, os habéis enrollado demasiado”. No quiero ni pensarlo. Y no porque la mesa redonda no hubiese resultado interesante, que lo fue, sino porque a veces decimos o hacemos cosas sin pensar.

Esto nos permite sacar dos lecciones. La primera es que siempre hay que apagar el micrófono, hay que estar muy pendiente de ello. La segunda es que por mucha experiencia que tengas siempre te puede pasar algo así; hay que procurar evitarlo pero no es el fin del mundo. Aunque según lo que hayas dicho tu imagen puede caer por los suelos, como aquella vez que un presidente del Gobierno de España dio un discurso en el Parlamento Europeo y al finalizar, pensando que no le oía nadie dijo algo así como “vaya coñazo que les he soltado”.

O aquella otra vez que un conferenciante de prestigio (no voy a decir el nombre) en una pausa fue al servicio a hacer sus necesidades y todo el mundo pudo escuchar en la sala el ruido que provocaba al evacuar aguas, mayores y menores. Eso sí que debió ser duro. Pobrecillo.

El segundo caso que te quiero comentar es el de un conocido conferenciante (tampoco te daré el nombre, hay que ser respetuosos) que tiene previsto impartir varias charlas sobre su experiencia en situaciones de riesgo. En el anuncio que se hace para invitar a la gente a asistir a la conferencia se dice el día, la hora, el tema, el nombre del conferenciante y algo más. Algo muy negativo. En ese anuncio se dice que la conferencia se colgará también en la Web. Y yo me pregunto, si el tema me interesa y no tengo especial deseo de estrechar la mano del tipo que va a hablar, por qué demonios voy a ir a verle si lo puedo hacer tumbado en el sofá de mi casa. Me ahorro el viaje.

Mensajes como este nos perjudican enormemente, porque cuando damos una conferencia lo que queremos, en primer lugar, es que la gente asista al acto, en vivo. Luego si la ven en la Web mejor, pero primero que asistan.

Piensa que hoy en día, cuando todo se puede ver en un móvil mientras vamos en el autobús del trabajo a casa, por qué narices voy a ir a ver a un tío que me va a contar en persona lo mismo que vía Internet. No voy, está claro.

Todos cometemos errores, yo el primero. Pero hay que aprender de ellos para evitarlos en el futuro.

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Esta entrada no sirve de mucho sin el resto de las anteriores ni de las posteriores. Una campaña de comunicación no es una acción aislada sino un conjunto de estrategias que nos llevan a un mismo fin: lograr presencia mediática.
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