¿Quieres que te perdone? Por supuesto, pero primero pídemelo; luego… ya veremos.

Perdóname, yo no quería…pero

Todos cometemos errores y hacemos cosas que no deberíamos haber hecho. En ocasiones nos arrepentimos y otras veces no. El daño causado solo depende del color del cristal con que lo miremos. No es el mismo dolor para quien comete la ofensa que para quien la recibe.

Generalmente nos negamos a reconocer que hemos cometido un error porque la culpa es del otro, no nuestra. Y encima se enfada porque hemos tomado la iniciativa para mejorar una situación que nosotros sabemos a ciencia cierta que no era la adecuada. Él no lo sabe, porque es un cabezón, pero yo le he hecho un favor; o al menos eso creo. Total, he decidido por ti porque tú no sabías actuar y no sabes solucionar tus propios problemas; ni siquiera te habías dado cuenta de que tenías un problema. Yo decido qué es bueno y qué es malo y tú tienes que aceptarlo porque sé más que tú y no tienes ni puñetera idea.

Además lo hago con buena intención. El problema es que se me ha olvidado que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Y yo debería saber que la buena intención no es, ni mucho menos, suficiente, para actuar. Hay que utilizar el sentido común y ser respetuoso con los demás.

No sería la primera vez que una familia se rompe porque uno de sus miembros decide lo que es bueno y malo para el resto, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo. Los seres humanos tenemos tal tendencia a la prepotencia que siempre pensamos que la razón está de nuestra aparte y no solemos aceptar nuestro error. Nos falta humildad.

Y cuando lo aceptamos esperamos que el otro lo olvide sin más. Bien, el otro debe ser tolerante y, quizá, debería perdonar según el error cometido y el perjuicio causado. Pero eso no significa que tú te vayas de rositas. Tenemos que ser tolerantes, empáticos y todo lo que tú quieras, pero también está claro que tienes que pagar el peaje por lo que has hecho.

Lo mínimo que se puede esperar si te has equivocado es que reconozcas el error en público. No se trata de humillarte sino de poner las cosas en su sitio. Si pretendes que te perdonen por algo malo que hayas hecho, lo primero es reconocer el mal causado y pedir perdón.

No pretendas que sea yo, que soy el perjudicado, quien dé su brazo a torcer y te perdone esa maldad sin más. No se trata de torcer brazos sino de buscar una solución y eres tú quien tiene que buscarla, con la esperanza de que la otra parte sea tolerante y deje de lado esa rencilla, por muy grave que haya sido.

Pero primero pide perdón y luego no lo vuelvas a repetir.

Quizá sea difícil que te perdonen, pero no imposible. Fácil no va a ser, esto parece claro. Lo primero es pedir ese perdón de corazón. Solo te lo darán si el daño causado no ha provocado una situación irreversible. Lo lograrás si el perjudicado percibe que lo dices de corazón y no para pasar un trámite, y que no vas a volver a caer en ese error.

¿Quieres que te perdone? Por supuesto, pero primero pídemelo; luego… ya veremos.