no te emociones que la fastidias

No te emociones que la fastidias

La semana pasada participé como ponente en un congreso de psiquiatría. Como podrás imaginarte, no me contrataron por mis amplios conocimientos de la mente humana, sino más bien por lo que he aprendido a lo largo de los años de lo que ocurre en la calle, de lo que adultos y niños y jóvenes hacemos con la tecnología, cómo la utilizamos y sus ventajas, inconvenientes y peligros.

Se trataba de una ponencia de veinte minutos, algo que en principio no debería plantearme grandes problemas. Yo era el tercero en “actuar”, justo inmediatamente antes del descanso del café.

La primera ponencia estuvo en su sitio, correcta. Pero la segunda… eso es harina de otro costal.

Yo al principio estuve observando al público sin prestar excesiva atención a lo que decía. Al fin y al cabo son temas muy concretos de los que no entiendo. Pero en un momento dado, la ponente empezó a contar una historia que nos enganchó a todos. Era algo que suscitó nuestro interés, el de todos. Estábamos ávidos de conocer más datos de la historia. Y ella, la ponente, los fue desgranando durante unos minutos.

Yo, que me dedico a ayudar a la gente a hablar en público, lo pasé fatal. Me di cuenta de que lo tenía muy difícil, no ya para superar esa ponencia, sino para llegar a su altura. La historia era de lo más interesante. La ponente disponía de veinte minutos para contar lo que ella quería contar.
Se me estaban llevando los demonios, aquello no había quién lo igualase. Ella había logrado llegar al corazón de la audiencia, que es de lo que se trata en estos casos. No es que yo no fuese a triunfar, que era mi primera intención, sino que muy probablemente iba a quedar a la altura del betún comparado con ella.

Terminó su historia casi a la vez que consumía los veinte minutos y yo no sabía dónde meterme. Imposible superar o igualar aquello.

Pero cometió un error. No calculó bien el tiempo. Cuando había pasado todo el que tenía adjudicado todavía le quedaba la mitad de lo que quería decir. Y ella estaba decidida a contarlo todo, pasase lo que pasase. Cinco minutos después de consumir su tiempo, el moderador le avisó de que tenía que terminar; ella dijo que terminaba enseguida, pero siguió ofreciendo datos y estadísticas que ya no le interesaban a nadie, porque estaban pendientes de que se acercaba la hora del café.
Aún estuvo diez minutos más. Total, el doble del tiempo adjudicado.

Consecuencias:
Personalmente a mí me vino muy bien, lo que se había convertido en una presentación magistral de veinte minutos acabó transformándose en una tediosa sucesión de datos estadísticos que aburrían al auditorio.

Estaba salvado. Pero había otro problema. Ella había malgastado su tiempo y el mío. Yo tenía adjudicados veinte minutos y decidí hacer mi exposición poco más de diez. Además, como la gente ya estaba un poco cabreada porque no se habían cumplido los plazos, me vi obligado a cambiar mi discurso. En un principio tenía pensado contar lo que les ocurre en la calle con la tecnología y ser bastante serio, aunque con algún toque de humor. Pero al comprobar el aburrimiento y cabreo del personal, decidí cambiar y centrarme en la vena humorística (tengo que reconocer que yo, gracioso, gracioso, lo que se dice gracioso, soy más bien poco).

Estaba algo intranquilo y decidí probar a ver qué pasaba. Solté un par de gracias y funcionó, el público reaccionó y se reía, así que continúe por ese camino. Todavía no sé cómo pero logré que durante mi disertación, que no duró ni quince minutos, se riesen al menos diez veces. No estaba mal.

Había logrado salvar los muebles, y no porque yo lo hubiese hecho muy bien, sino porque quien me antecedía lo había hecho rematadamente mal al empecinarse en contar todo lo que había preparado.

Cuando imparto algún curso o taller para hablar en público, explico a mis alumnos que para una charla de media hora tienen que llevar preparado material para más de una hora y prever que es posible que tengan que acortar su disertación y dejarla en veinte minutos. Es la flexibilidad que se nos exige, sobre todo si no queremos quedar como unos pesados ante la audiencia.

El público que asiste a un acto espera, cuanto menos, que seamos puntuales, no solo al empezar sino también al terminar. Es la diferencia entre dejar un buen y un mal sabor de boca.
Personalmente, cada vez que tengo que hablar en público y voy precedido de otras personas calculo que voy a tener que reducir mi presentación en, al menos, un veinte por ciento. Si hace falta se reduce y si no es necesario, se cuenta tal como está previsto.

Algunos alumnos me dicen que si ellos llevan preparados treinta minutos no pueden cortar, porque el público se daría cuenta. Mentira. El público no se da cuenta, porque no sabe la cantidad de material que has preparado. Tú terminas cuando veas conveniente, siempre que no hayas anunciado que vas a hablar de algo y luego no hables de ello.

Hay un pequeño truco. Toda presentación tiene su principio y su final, su primera y su última diapositiva. Si tienes que acabar por las bravas solo hace falta que pulses la tecla “fin” de tu ordenador y te llevará a la última diapositiva. Sencillo, ¿verdad?

Puedes seguirnos en Twitter, donde también hablamos de estos temas: @jromero_tv

Esta entrada no sirve de mucho sin el resto de las anteriores ni de las posteriores. Una campaña de comunicación no es una acción aislada sino un conjunto de estrategias que nos llevan a un mismo fin: lograr presencia mediática.

Si tienes interés en algunos de nuestros cursos puedes verlos pinchando aquí.