No siempre es bueno hacerse visible

Muchos emprendedores que han tenido éxito no se dan cuenta de la importancia de saber comunicar. No se trata solo de salir en una televisión para lograr que tu mensaje llegue adecuadamente a quienes te están viendo. También hay que saber ponerse delante de la gente cuando hay que dar explicaciones a los socios o accionistas, a quienes hay que convencer de las bondades de una gestión.
Y se les olvida que para convencer hay que prepararse. Cuántos profesionales vemos por esos mundos de Dios hablando y hablando sin parar, como si por haber tenido éxito en sus negocios también tuviesen que tenerlo a la hora de comunicarse.
No se dan cuenta de que no es lo mismo, igual que no es lo mismo freír un par de huevos con patatas que hacer un cocido maragato. Cada cosa tiene su secreto y, desde luego, hablar en público también tiene secretos y técnicas. Da igual que sea para un auditorio de tres personas que de trescientas o tres mil. Hay que lograr llegar a la audiencia y cautivarla. Algo difícil si no se ha preparado de manera adecuada.
Reconozco que hay personas que nacen con el don de la palabra y que pueden pasar horas y horas hablando ante cualquier tipo de auditorio y tener entretenido al personal. Digo que reconozco que los hay, pero también digo que yo no conozco a ninguno.
Los grandes oradores se lo preparan todo, milimétricamente. Cualquiera de ellos sabe que no puede llegar y contar lo primero que se le ocurra, ni confiar en su innato poder de improvisación. Todo lo contrario.
Esta frontera entre la improvisación y la preparación es un equívoco que sufren muchos profesionales. Y todo porque ven que hay personas que hablan como si estuviesen improvisando su discurso. No se dan cuenta de que se lo han preparado a conciencia y, además, ese mismo tema, probablemente, lo habrán expuesto decenas o cientos de veces. Eso es improvisar: prepararse el tema para no dejar lugar a las sorpresas. Porque como dijo aquel (no recuerdo quién fue) “la mejor improvisación es la que se ha preparado previamente”. Y eso vale para todos.
Me viene a la memoria un empresario de esos que habían tenido éxito y vendido su empresa por un dineral. Fue hace pocos años en una reunión de networking ante un grupo de jóvenes emprendedores deseosos de conocer su experiencia profesional. ¡Menudo chasco!
El pobre exitoso empresario, bastante impresentable por cierto, no se dio cuenta de que hizo el ridículo porque no se lo preparó. La gente salió pensando que ese sujeto era un maleducado, desconsiderado y engreído, con una absoluta falta de respeto hacia quienes habían ido a escucharle.
El pobre no sabía que la primera obligación del que habla en público es entretener, y luego ya vendrá la información relevante para el auditorio. Pero antes que nada hay que entretener. Más le habría valido quedarse en su casa, porque si lo hizo por ego, lo cierto es que su ego debió salir bastante maltrecho. Bueno, su ego no, porque el salió encantado de haberse conocido. Pero su imagen pública sí se resintió considerablemente.
Para hablar en público hay que prepararse y solo podemos prepararlo trabajando a fondo y sin descanso.
Todavía recuerdo la primera charla que impartí hace años. Me la preparé a conciencia. La ensayé más de doscientas veces y la grabé en vídeo, un VHS de los de entonces, más de cincuenta. Por supuesto, cada grabación la vi de principio a fin.
No sé si lo hice bien o mal, eso no puede juzgarlo quien habla ante otros. Lo que sí sé es que llegué con la tranquilidad del trabajo bien hecho; es decir, de haberlo preparado, preparado y preparado. Sin dejar nada al azar, que para eso ya está la Ley de Murphy.
¿Y tú, te preparas a conciencia?
@jromero_tv