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Lecciones que aprenderás si viajas a Silicon Valley

Hace un par de semanas Luis Oliván y yo viajamos a California. El viaje ha sido productivo, porque hemos hecho dos programas especiales, uno sobre San Francisco y otro sobre Silicon Valley, ambos centrados en el mundo del emprendimiento. Pero he aprendido algunas lecciones que debería haber llevado sabidas de casa.

Nada más coger el avión, justo antes de apagar el móvil, me llama mi hija Esther y me dice: “papá, que te has dejado la bolsa de aseo en casa”. Maldita sea, ya me podía haber dejado el dinero o la cámara de fotos, pero no, tenía que ser la bolsa de aseo. En ella iba una maquinilla eléctrica de afeitar recién comprada para evitar tener que afeitarme a cuchilla y cortarme. Porque he comprobado que cada vez que tengo un acto importante me corto con la cuchilla.

Durante nuestra estancia en California teníamos que grabar al menos tres días. Bien, pues tres de tres. Los tres días me corté y fui con la marca durante todo el día. Bueno, los otros días también me ocurrió lo mismo, basta que tengas más cuidado para que te cortes antes y más profundamente. Uno de los días, incluso, fueron dos los cortes.
Primera lección: recuerda revisar todo lo importante en tu maleta de viaje.

Al llegar a Dallas íbamos con el tiempo justo. Resulta que como el avión se había retrasado en uno de los pasillos había una azafata esperándonos para que recogiésemos unos sobres rojos donde ponía algo así como “express”, para que en la aduana nos dejasen pasar antes que otros. Como tengo la mala costumbre de no fijarme adecuadamente en las cosas cogí el sobre. A mitad de carrera, porque ese día me pegué una carrera de aúpa, me doy cuenta de que he cogido el sobre pero que pone el nombre de otra persona. Luis Oliván, mi compañero de viaje, no se lo podía creer. ¿Cómo podía haber cogido el sobre que no era si ponía tan clarito los nombres? No voy a repetir lo que salió por su boca, con toda la razón del mundo. Así que vuelta atrás y otra carrera para recoger el sobre correcto.
Segunda lección: fijarse siempre en lo que hacemos, es mejor perder veinte segundos que veinte minutos.
Llegamos a un primer control ya con el sobre rojo en la mano e intentamos pasar antes que los que estaban haciendo cola, algo que parecía natural porque para eso nos habían dado ese sobre. Un guardia de seguridad nos lo impidió. Intentamos hacerle razonar, porque el resto de los pasajeros estaba de acuerdo en que pasásemos delante para que no perdiésemos el avión. Pero el tío siguió en sus trece y poniéndose el dedo índice en la boca nos mandó callar. Eso nos retrasó unos minutos más.
Tercera lección: cuidado con los uniformados que se creen capitanes generales y no son más que simples soldados rasos recién incorporados. Te pueden hacer la vida muy difícil y más en un país que no es el tuyo. Desde luego, si eso nos pasa en Madrid “le montamos un pollo” al de seguridad y el resto de los pasajeros nos habría secundado, pero cualquiera decía nada allí.

Después llegamos a otro control, el serio, ese en el que te miran absolutamente todo. Al llegar tuvimos que quitarnos los zapatos, cinturón y dejar a un lado todo lo metálico. Había que pasar por un arco de seguridad para comprobar que no llevábamos nada ilegal  y peligroso. Solté todo lo que llevaba excepto la cartera y el dinero en billetes. El de seguridad me dijo que la cartera con mis documentos no podía pasarla por el arco y que se la diese. Se la di claro, cualquiera protestaba. Pasamos los controles sin problema y echamos a correr para no perder el avión.

Cuando habíamos cogido el tren que nos llevaba a nuestra puerta de salida me doy cuenta de que no llevo la cartela ni el USB con la documentación de la charla que iba a darles a los emprendedores del Spain Tech Center en San Francisco. Está claro que no podía volver atrás porque perdía el avión, así que lo di por perdido. Menos mal que el pasaporte sí lo llevaba.
Al llegar a la puerta de embarque el avión ya había despegado así que Luis y yo desandamos nuestros pasos y volvimos al control a ver si aparecía mi cartera.

Al llegar allí pregunté al de seguridad por mi cartera y él, con ese tono de autoridad –o autoritarismo– que tienen algunos solo por el mero hecho de llevar uniforme, me dijo que me la había dado en la mano (lo que no era cierto, porque en ese caso yo me la habría guardado en el bolsillo del pantalón). Me conminó a mirar en mi mochila. Algo que yo sabía que no daría resultado pero que hice, sumiso, por si acaso y por no cabrearle, que hay que ver cómo se las gastan. En ese momento, Luis, que es más listo que un lince, vio que en otro lugar de seguridad había una estantería y allí una cartera. Se preguntó en voz alta si no sería esa y yo me dirigí a la persona que había allí y le pregunté. Efectivamente, ahí estaban mis trescientos dólares, cien euros y lo que es más importante, todos mis documentos. Al comprobar que era mi cartera me la dio y regresamos a la puerta de embarque, donde todavía  quedaban un par de horas para coger el avión. Por supuesto, del USB ni me preocupé, al fin y al cabo llevaba una copia en Dropbox y en otros sitios.
Cuarta lección, igual que la anterior: no corras sin estar seguro de que has hecho todo lo que tienes que hacer. Desandar un camino es mucho más trabajoso que retrasarte un poco para llegar a tu destino.

Hay más lecciones que aprendí en ese viaje y que debería haber llevado sabidas de casa. Bueno, la próxima vez tendré más cuidado.

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Esta entrada no sirve de mucho sin el resto de las anteriores ni de las posteriores. Una campaña de comunicación no es una acción aislada sino un conjunto de estrategias que nos llevan a un mismo fin: lograr visibilidad.

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