Imagina que…

imagina

Imagina que eres un sacerdote que regularmente oficia su misa dominical. Tienes que dirigirte a tus feligreses, lograr que tu mensaje llegue y hacer que sigan los mandatos de la Iglesia, que de eso se trata.

Ahora imagina que, además de la misa dominical con tus feligreses, tienes que oficiar esa misa para que se emita por televisión al resto de España. Tu obligación sigue siendo la misma, llegar al público, claro que ahora el público es un poco más amplio, y en dos formatos diferentes, presencial y televisivo.

En el primero de los casos te puedes permitir el lujo de moverte por el templo, pero en el segundo no puedes hacerlo a tu aire. Tienes que seguir ciertas directrices. Si lo retransmite televisión tienes que tener muy claro por dónde te puedes mover, cómo moverte y una serie de normas que te van o deberían dar.

En televisión tienes que lograr que el mensaje parezca el adecuado, aunque tengas que hacer cosas que en la vida normal no haces, movimientos diferentes, expresiones de otro tipo, énfasis de las palabras, etc.

Todo es diferente. Lo que te sirve para la misa presencial puede no servirte para la misa televisada. Tienes que lograr llegar a los espectadores de toda España que te estén viendo, y llegar bien; es decir, que el mensaje que lances en esa ceremonia cale en ellos. Pero además tienes que conseguir que los feligreses que están contigo en el templo también sientan que ese mensaje les llega a lo más profundo de su corazón. Algo harto difícil, casi imposible, porque la mayoría de ellos estarán pendientes de las cámaras de televisión, de si les enfocan o no, por lo que es muy posible que no se enteren de lo que cuentas. Al final de lo que se trata es de que el mensaje llegue con nitidez.

En estos casos el sacerdote se suele olvidar de algo esencial. Oficiar una misa es comunicación verbal y no verbal. La comunicación verbal es todo lo que decimos y la no verbal es cómo lo decimos. En esa manera de decir las cosas se incluye tanto el énfasis que ponemos a las frases, si hablamos deprisa o despacio, por ejemplo, como si llevamos tal o cual traje. También los movimientos que hagamos en el altar. Y cualquier cosa que llame la atención, positiva o negativamente, mientras hablamos.

Y luego hay otro problema. A veces el oficiante se emociona con sus homilías y las hace de veinte minutos, algo totalmente infumable a no ser que ese cura sea un comunicador excepcional, algo que no suele ocurrir. Los curas son de lo más normalito hablando, igual que lo somos resto de los mortales. Por eso hace falta técnica, que sí se aprende.
Recuerda que lo importante es llegar a los corazones. No te olvides de un tal San Agustín, que además de un bala perdida en sus primeros tiempos, con hijo extramatrimonial incluido, fue un excelente intelectual de la Iglesia.

San Agustín, con los pies bien puestos en el suelo, decía algo tan sencillo como que si ves que tus feligreses están moviendo sus traseros en los asientos es que tú no estás removiendo sus corazones.
Tú eres quien tiene que remover esos corazones, me da igual que sea en una iglesia que en una reunión de vendedores de coches.

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Esta entrada no sirve de mucho sin el resto de las anteriores ni de las posteriores. Una campaña de comunicación no es una acción aislada sino un conjunto de estrategias que nos llevan a un mismo fin: lograr presencia mediática.
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