Esas posturitas….

Hace unos días me encargué de moderar una mesa redonda en la que participaron un empresario, un político y un deportista. La comunicación de todos ellos era muy diferente, pasando de muy buena a relativamente mala (hay que ser caritativo…).

Quienes no lo hicieron demasiado bien probablemente pensaron que lo único importante era lo que estaban diciendo, y no cayeron en la cuenta de que el mensaje no es solo lo que dices sino también el envoltorio. Es decir, las frases que salen por tu boca acompañadas de todo el entorno que te rodea y cómo te mueves en él mientras hablas.

Al principio de la mesa redonda había que hacer una presentación de un minuto hablando del tema en cuestión. El político, muy zorro él, en vez de quedarse sentado en la mesa junto al resto de los participantes, pidió permiso y se levantó para hacer su parte. Los otros dos no lo hicieron.

Y aquí es donde encontramos la primera gran diferencia entre unos y otros. Porque el político logró captar el interés de los presentes, eso seguro, pero dudo mucho que los otros consiguiesen algo parecido. Se quedaron sentados casi sin expresarse y sin moverse, como si de estatuas se tratase.

El deportista y el empresario eran unos fenómenos en sus diferentes especialidades, pero a la hora de hablar en público dejaban mucho que desear.
Pusieron interés, pero les faltaba preparación… y pasión. Si tú te muestras apasionado lo tienes mucho más fácil a la hora de conectar con quienes te están escuchando. Pero para lograr transmitir esa pasión y conocimientos hay que prepararse y saber cómo dirigirse al público. No hay que ser un lince, sino que basta con currárselo, conocer las técnicas adecuadas y ponerlas en práctica cuando es necesario.

Uno de los participantes en la mesa no estaba frente al público, y para expresar sus opiniones y mirar al auditorio mientras hablaba habría necesitado girarse para conectar visualmente. No lo hizo y se podía apreciar que cuando él intervenía la mirada de algunos de los presentes entre el público se iba hacia otro sitio, generalmente a la pantalla de sus respectivos móviles y tabletas. Mientras hablaba, con las piernas cruzadas, se sujetaba uno de sus tobillos con la mano y se miraba el zapato en vez de dirigir su mirada al público. Vamos, que interés, lo que se dice interés, no despertaba demasiado.

El deportista no se expresaba excesivamente bien, aunque tenía la ventaja de que se había situado frente al público, con lo que podía conectar visualmente. Eso era una ventaja que desaprovechó porque como estaba sentado y con una mesa por delante en vez de mirar al auditorio lo que hacía en ocasiones era mirar hacia la mesa o centrar la mirada en sus propias manos, apoyadas en la mesa.

El político, por supuesto, estaba en su salsa. Y la principal diferencia entre unos y otros es que el político tenía muy claro que cuando se habla en público hay que comunicar verbal y no verbalmente. Sin embargo, los otros dos pensaban que solo importaba lo que dijesen y no cómo y en qué contexto lo expresasen.

Parece mentira pero eso de la comunicación verbal y no verbal es esencial y hay que asumir que tan importante es la una como la otra. Es más, la comunicación no verbal viene a ser más del 80 por ciento del total del mensaje y la verbal menos el veinte por ciento. Quizá podríamos decir que es como la diferencia que existe entre una película en blanco y negro de cine mudo de hace cien años, cuando los mensajes se ponían en carteles que tenía que leer el espectador, y otra tridimensional con todos los efectos especiales que podamos imaginar.
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Esta entrada no sirve de mucho sin el resto de las anteriores ni de las posteriores. Una campaña de comunicación no es una acción aislada sino un conjunto de estrategias que nos llevan a un mismo fin: lograr presencia mediática.
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