Cuando todo sale mal, ¡Maldita sea!

cuando todo sale mal

Imagina que tienes que hacer la presentación de tu vida, en tu empresa. Te juegas mucho en el envite. No te queda más remedio que hacerlo bien; mejor dicho, muy bien. Tienes que impresionar. Y te empiezas a poner nervioso pensando en todo lo que te juegas al día siguiente.
Lo cierto es que no deberías estar excesivamente preocupado, si acaso algo tenso por la responsabilidad, pero nada más.

Ya has elegido hasta la ropa que vas a llevar. Si eres chico un traje tradicional, con corbata roja, para que tu comunicación no verbal transmita fuerza, coraje y potencia. Si eres chica también te pones algo rojo y evitas el vestido y usas pantalón. Aunque esto de los colores va en gustos.

Está todo listo, nada puede salir mal. Te has preparado a conciencia esa presentación. La has ensayado más de cincuenta veces. Algunos de tus colegas se han reído de lo lindo a tu costa y en tu cara porque piensan que te has pasado con tanto ensayo. Tú, sin embargo, no has hecho caso y has seguido a lo tuyo, que la ocasión lo merece.

Llega el día de la presentación. Es a primera hora de la mañana, a eso de las diez. Tardas quince minutos en llegar al lugar desde casa y, como quieres estar allí con tiempo suficiente, sales una hora antes. Te despides de los niños que están desayunando y como saben que es un día importante te comen a besos y abrazos.
Coges tu maletín y sales corriendo. Llegas con tiempo más que suficiente. Estáis tú y el apuntador, es decir, el informático que prepara todo para que puedas hacer tu presentación.

Decides dar una vuelta por el escenario para ver cómo está, porque a ti te gusta moverte. Una presentación sentado y detrás de una mesa quita mucha fuerza y tú lo sabes. Mientras paseas por el escenario… ¡maldita sea! Te das cuenta de que tienes la chaqueta manchada. Tus hijos con tanto cariño y tanto abrazo te han dejado los restos de sus besos y del Cola Cao en la ropa. ¡Menudo disgusto! ¡Y ahora qué hago!

Tranquilízate, te quitas la chaqueta y como llevas una camisa que no está manchada, haces tu trabajo como si nada. En el caso de las chicas es más sencillo, pero si se trata de un chico, hacer una presentación con traje y corbata sin chaqueta puede quedar algo raro. Así que decides pedir una chaqueta prestada a un compañero que seguro que la encuentras en la sala, y de tu talla.
El informático te pide que le pases el pendrive con la documentación para cargarla. Buscas y rebuscas en tu maletín y no la encuentras. De nuevo, ¡maldita sea! ¿Dónde la habré dejado? Recuerdas que ayer estuviste haciendo un cambio de última hora y dejaste el pendrive en el portátil. Era la última versión. Y por si fuera poco tampoco tienes los papeles impresos con la presentación para seguir el guion.

La cosa se empieza a poner fea, ¿eh? Ya solo te falta que, como eres chica y llevas tacones, se te rompa un tacón. Y se te rompe, ¡maldita sea! Y ahora ¿qué?
No puedes andar por el escenario con un tacón sí y un tacón no, sin chaqueta y sin presentación. “Creo que lo mejor será que simule un desmayo y que me lleven al hospital y así paso el trance sin que se den cuenta de cómo he metido la pata hasta el fondo”. Vale, es una solución, pero no es tu solución.

Con los tacones puedes hacer dos cosas, romper el otro para igualarlo –lo que no sé si será muy práctico– o ir al coche, que está a medio minuto de la sala y coger esas zapatillas que siempre llevas para conducir. ¡Pero cómo voy a dar una charla en zapatillas! Bueno, porque lo primero es dar esa charla y luego lo otro. Y, además, no creo que nadie se percate.

“¡Sí, vale, pero sigo sin tener la presentación ni los papeles para seguir el guion!”. Sí, eso es cierto, creo que deberías pegarte un tiro. O quizá recordar las risas y burlas de tus compañeros porque te pasabas el día preparando esa exposición, más de cincuenta veces. Vamos, que te la sabes de memoria. No te hace falta guion ni nada.

Y tú, que no eres cobarde decides seguir adelante. Cuando llega la hora, simplemente explicas que no hay powerpoint porque lo importante es lo que vas a transmitir y lo que el auditorio te va a transmitir a ti. Así, de una debilidad has hecho virtud. El auditorio pensará que qué maja es esta chica, o qué majo es este chico, que en vez de poner tediosas diapositivas piensa en los que escuchan.

Claro que en la presentación había gráficos y tú tienes que hablar sobre el tema. No importa, habla sobre ello y cuando tengas que referirte a un gráfico hazlo de forma genérica y diles que podrías haberles traído veinte gráficos para ponérselos pero que no has querido hacerlo por respeto a ellos. Con esto te los vas a meter en el bolsillo; nadie tiene por qué enterarse que nada de lo que tenías preparado te ha salido bien.

Durante tu charla cuentas algunas anécdotas, cosas que ocurren cotidianamente en la empresa y que a todos les interesa porque han vivido situaciones similares o relacionadas con lo que estás contando. Sin comerlo ni beberlo, has logrado llegar a su corazón.

¿Qué he querido transmitirte con todo esto? Simplemente que la ley de Murphy existe, que si algo puede salir bien saldrá mal y que si algo puede salir mal saldrá peor. Claro, que saldrá peor si tú no haces nada frente a los contratiempos, si te acobardas porque no tienes la presentación ni los papeles.

Si decides que sin ese apoyo no puedes salir adelante fracasarás, pero si por el contrario haces frente a la situación tienes muchas papeletas para salir triunfante, seguro. Y solo por dos razones, porque eres valiente y porque te lo has preparado a conciencia. Por muy mal que se pongan las cosas, si te lo has trabajado todo saldrá bien.

Es una de las leyes de oro para hablar en público: ensayar, ensayar y ensayar. Y cuando hayas terminado de ensayar, continua ensayando. Y al tal Murphy ese, que le den morcillas.

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Esta entrada no sirve de mucho sin el resto de las anteriores ni de las posteriores. Una campaña de comunicación no es una acción aislada sino un conjunto de estrategias que nos llevan a un mismo fin: lograr presencia mediática.
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